| La Sagrada Eucaristía: ¿derecho o don? |
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| Saturday, 31 May 2008 00:00 |
Anotación: el Santo Padre nombró al Arzobispo Raymon Burke como prefecto de laSignatura Apostólica en el verano del 2008. El Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica es el tribunal apelativo de la Santa Sede y su prefecto es la autoridad judicial más alta de la Iglesia Católica después del Papa. La Sagrada Eucaristía: ¿derecho o don? Un examen de los aspectos pastorales del canon 915 y el respeto debido a la Sagrada Eucaristía Entrevista conducida a Su Excelencia el Arzobispo Raymond Burke, Prefecto de la Signatura Apostólica, por Thomas McKenna, Fundador y Presidente de la Acción Católica para la Fe y la Familia Agosto 2008 Su Excelencia, hoy día por el mundo parece haber una actitud relajada en lo que concierne la recepción digna de la Sagrada Eucaristía. ¿Qué piensa Ud. de esto y cómo Ud. cree que esto afecta el modo en que los fieles viven su fe católica? Yo creo que una de las razones que explica esta actitud relajada en lo concerniente a la recepción digna de la Sagrada Eucaristía se debe a la falta de un suficiente énfasis a la devoción eucarística, especialmente al culto al Santísimo Sacramento a través de procesiones, bendiciones con el Santísimo Sacramento, tiempos de adoración extendida y Devoción de las 40 Horas. Sin devoción al Santísimo Sacramento el pueblo pierde rápidamente su fe eucarística. Sabemos que hay un alto porcentaje de católicos que ya no creen que las especies eucarísticas sean el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Sabemos también que hay un porcentaje alarmante de católicos que ya no participan en la misa dominical. Otro aspecto es la pérdida del sentido de conexión entre el Sacramento de la Sagrada Eucaristía y el Sacramento de la Penitencia. En el pasado tal vez hubo un énfasis exagerado hasta el punto que el pueblo pensaba que cada vez que fueran a recibir la Santa Comunión tenían primero que confesarse aunque no hubiesen cometido entre tanto un pecado mortal inconfeso. Pero ahora la gente acude a recibir la comunión regularmente y tal vez nunca, o casi nunca, acuden a confesarse. Es que han perdido el sentido de su propia indignidad ante el Sacramento y de la necesidad de confesar sus pecados y abrazar el arrepentimiento para así recibir la Santa Comunión dignamente. También relacionado con esto es la noción que ha germinado desde la esfera civil en el sentido que recibir la Santa Comunión es un derecho y que yo, como católico, tengo un derecho a recibirla. Es cierto que una vez que somos bautizados y alcanzamos la edad de la razón debemos de estar preparados para la Santa Comunión y que mientras estemos rectamente dispuestos debemos de recibir la Santa Comunión. Pero por otro lado, nosotros carecemos de todo derecho a la Santa Comunión. ¿Quién puede reclamar derecho alguno a recibir el Cuerpo de Cristo, si esto es un don del amor infinito de Dios? Nuestro Señor se hace accesible Él mismo en su Cuerpo y en su Sangre en la Santa Comunión. Pero nunca debemos decir que tenemos derecho a Él, que podemos demandar recibir a Nuestro Señor en la Santa Comunión. Cada vez que nos acercamos debemos hacerlo con un sentido profundo de nuestra propia indignidad. Estos son solamente algunos de los elementos que a mi juicio han afectado y explican en términos generales la actitud relajada hacia la Santa Eucaristía. Lo vemos aun en la manera en que la gente se viste para ir a Misa. Por ejemplo, vemos durante la Misa a personas yendo a recibir la Santa Comunión sin entrelazar las manos y hasta platicando con otros en el camino. Algunos, aun en el momento de recibir la Santa Comunión no demuestran la reverencia apropiada. Todo esto indica la necesidad de una nueva evangelización acerca de la fe y la práctica eucarística. Existen leyes en la Iglesia para controlar las acciones inapropiadas por parte de los fieles para proteger el bien público. ¿Podría comentarnos sobre ello y explicar hasta que punto la Iglesia y la jerarquía tienen el deber de intervenir para clarificar o corregir estos asuntos? Relacionado con la Sagrada Eucaristía, por ejemplo, tenemos dos cánones particulares que gobiernan la recepción digna del sacramento. Estos son los cánones 915 y 916 los cuales conciernen dos bienes. El primero es el bien de la persona particular. Recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo indignamente es un sacrilegio. Recibir la Santa Comunión indignamente y adrede es un sacrilegio. Recibir la Santa Comunión cuando uno está en estado de pecado mortal es un sacrilegio. Entonces, por el bien de la persona, la Iglesia está llamada a instruirnos que cada vez que nos acerquemos a recibir la Santa Comunión tenemos que primero examinar nuestra conciencia. Si tenemos un pecado mortal en nuestra conciencia tenemos entonces que confesar ese pecado, recibir absolución y sólo entonces podemos acercarnos a recibir el sacramento. A menudo, nuestros pecados serios andan escondidos y solamente nosotros o tal vez una u otra persona andan apercibidos de su existencia. En ese caso, tenemos que ser nosotros mismos quienes vigilemos la situación y disciplinarnos a no acercarnos a recibir la Santa Comunión. Pero hay otros casos en que ciertas personas andan cometiendo pecados graves públicamente y con pleno conocimiento. Un ejemplo de esto es un funcionario público que con pleno conocimiento y voluntad preste apoyo a actos contrarios a la ley moral divina y eterna, por ejemplo, que promueva públicamente el aborto directo, acto que mata una vida humana inocente e indefensa. Toda persona quien peca públicamente de este modo tiene que ser advertida a no recibir la Santa Comunión hasta que haya reformado su vida. Si una persona que persiste en pecado serio o mortal públicamente después de haber sido advertida, insiste en recibir la Santa Comunión, el ministro de la Santa Comunión tiene la obligación de rehusar el Sacramento a esa persona. ¿Por qué? Primero, por el bien de la salvación de la misma persona, para evitarles a que caigan en un sacrilegio. Y segundo, por el bien de toda la Iglesia, para evitar dos escándalos, el primero relacionado con la disposición correcta para recibir la Santa Comunión. En otras palabras, para que el pueblo no se vaya a creer que está bien recibir a Nuestro Señor en la Santa Comunión en estado de pecado mortal. Y el otro escándalo ocurriría si el pueblo llegase a creer que el pecado mortal público que esta persona está cometiendo no es tan grave ya que la Iglesia ostensiblemente le permite recibir la Santa Comunión. Si tenemos una figura pública que apoye abierta y deliberadamente el derecho al aborto y esa misma persona recibe la Santa Comunión, ¿qué pensará el público? Bueno, podrían imaginarse que tal vez no haya nada malo con apoyar públicamente el quitarle las vidas a seres inocentes e indefensos en el vientre materno. Así es que la Iglesia tiene estas disciplinas bien antiguas que llegan hasta los tiempos de San Pablo. Por eso es que a través de su historia, la Iglesia ha tenido que disciplinar la recepción de la Santa Comunión la cual es el tesoro más sagrado que tenemos en la Iglesia. Es el don del Cuerpo y la Sangre de Cristo. La Iglesia siempre ha tenido que disciplinar la recepción de la Santa Comunión para evitar que el pueblo se acerque y reciba la Santa Comunión indignamente para su propio daño moral; para que la fe en la Eucaristía sea respetada siempre y que los miembros de la Iglesia no caigan ni en la confusión ni en el error acerca de la santidad del Sacramento o de la ley moral. Existen ejemplos de oficiales públicos católicos que asisten a Misa, reciben los sacramentos y declaran públicamente que son católicos pero que, en práctica, apoyan la formulación de leyes contrarias a la moralidad católica. Algunos de ellos afirman, a modo de mentís, no sentir que sus conciencias les indiquen que están actuando de modo erróneo y que esto es una materia privada. ¿Podría comentar acerca de cómo esto es un error y cómo la formación de la conciencia propia no es algo subjetivo? Es verdad que tenemos que actuar de acuerdo a los dictados de nuestra conciencia. Pero nuestra conciencia tiene que ser formada apropiadamente. Nuestra conciencia debe conformarse a la verdad de las situaciones. La conciencia no es un tipo de realidad subjetiva que me permite inventar por mí mismo lo que es bueno y correcto. La conciencia es la realidad objetiva a la cual tengo que conformar mi propio pensar a lo que es verdadero. Algunos hablan de la primacía de la conciencia en el sentido de que "lo que yo decida en mi conciencia eso es lo que debo de hacer" y eso triunfa. Por supuesto, esa actitud es correcta mientras la conciencia esté formada correctamente. Me gusta algo que el Arzobispo de Sidney, el Cardenal George Pell, dijo sobre el tema: "En vez de hablar acerca de la primacía de la conciencia debemos de hablar acerca de la primacía de la verdad," la verdad de la ley moral de Dios a la cual nuestra conciencia tiene que conformarse. Una vez esta sea informada apropiadamente, entonces, por supuesto, la conciencia posee la primacía que se le atribuye. Algunos dicen que recibir la Santa Comunión es un derecho y que nadie más tiene el derecho de decirle a otro que no puede recibir el Sacramento, ni siquiera un obispo, sacerdote o ministro. ¿Qué usted les diría a ellos? Para responder a esta pregunta, debe decirse primero que el Cuerpo y la Sangre de Cristo son un don del amor de Dios para nosotros. Es el don más grande, un don que trasciende nuestra capacidad de describirlo. Entonces, nadie tiene el derecho a este don como del mismo modo carecemos de derecho alguno de recibir cualquier don que alguien nos regale. Un don se regala libremente por amor y eso es lo que Dios hace cada vez que participamos en la Misa y nos acercamos a recibir la Santa Comunión. Así que decir que tenemos el derecho a recibir la Santa Comunión es incorrecto. Si se dice que una persona tiene el derecho a recibir la Eucaristía en el sentido de que esta persona posee las disposiciones correctas y una Misa está siendo ofrecida, entonces sí es correcto decir que la persona tiene un derecho a recibirla pero solo en ese sentido. Sí, eso es verdad. Ahora, cuando se habla de la recepción de la Santa Comunión hay que tener en cuenta que Nuestro Señor mismo está envuelto en esa recepción. Tenemos al comulgante y tenemos al ministro del Sacramento, la persona responsable de asegurar que el Sacramento esté siendo distribuido solamente por aquellos que están preparados apropiadamente. Ciertamente la Iglesia tiene el derecho de decirle a cualquiera que persista en pecado grave y público que no puede recibir la Santa Comunión por falta de preparación. El derecho al ministro de rehusar dar la Santa Comunión a alguien que está en pecado grave y público es uno amparado por el Código de Derecho Canónico bajo el canon 915. De otro modo el ministro de la Comunión estaría en peligro de violar su conciencia en una materia bien seria cuando observa a un pecador notorio acercarse a recibir la Santa Comunión para el escándalo de todos y se le dice de algún modo que no tiene derecho alguno de rehusar el Sacramento a nadie bajo circunstancia alguna. Esto sería un error. Algunos perciben que el acto de obligar el cumplimiento de la ley eclesiástica por parte de un obispo, sacerdote o hasta una oficina vaticana como una acción denigrante o de intimidación a los fieles. Muchos aparentemente se olvidan de que la Iglesia considera que cuando una persona se encuentra en un estado indigno para recibir la Sagrada Eucaristía se debe a que por lo general se encuentra en un estado de pecado mortal serio, afectando directamente su salvación eterna. Cuando un obispo o sacerdote dialoga o toma medidas disciplinarias con un pecador es una merced, es el modo en el cual el obispo o sacerdote se obliga a acercarse a los fieles bajo su cuidado, el modo de retornarlos al rebaño. Es por esto que la Iglesia tiene estas leyes. ¿Podría comentarnos sobre este aspecto del ministerio? Estoy de acuerdo con lo que dice. El acto de caridad más grande es aquel que previene a alguien de hacer algo sacrílego, es decir, advertirles y luego rehusar a ser parte en acto de sacrilegio. Es similar al niño que quiere jugar con fuego y su papá o mamá no se lo permite. No diríamos que sus padres están siendo crueles con el niño al disciplinarle, decimos que estos padres están siendo buenos padres. Es lo mismo con la Iglesia quien en su amor nos previene de hacer cosas que ofenden gravemente a Dios y que causarían un daño grave a nuestras almas. Su Excelencia , algunos alegan que cuando un miembro de la jerarquía católica advierte públicamente a un católico que ostenta un cargo público, este se está metiendo en la política . ¿Cómo Ud. respondería? Tanto el obispo como cualquier autoridad eclesiástica, quien puede ser hasta un cura párroco, interviene en estas situaciones para el bien del alma del político o figura pública envuelta. Esto no tiene nada que ver con influir la política pública y sí con el estado del alma del político o funcionario público que pasa por ser católico y quien está obligado a sostener la ley moral divina en la esfera pública. Si esta persona no lo hace, su pastor debe de advertirle. Así que es ridículo y erróneo tratar de silenciar al pastor, acusándole de interferir en la política por el simple hecho de actuar con el bien de un miembro de su grey en mente. Esto fluye también de algo que Su Santidad el Papa Benedicto XVI discutió recientemente con los obispos de los Estados Unidos acerca del deseo de algunos en nuestra sociedad de relegar completamente la fe religiosa a la esfera privada, diciendo que no tiene que ver nada con la esfera pública. Esto es algo completamente erróneo. Debemos dar testimonio de nuestra fe no solamente en esa parte de nuestras vidas que vivimos en la privacidad de nuestros hogares, mas también en nuestras acciones públicas junto a otros para de este modo dar un testimonio fuerte de Cristo. Entonces debemos de romper con esa idea de que nuestra fe religiosa es algo completamente privado y que no tienen que ver nada con nuestra vida pública. © 2008 Acción Católica por la Fe y la Familia (Catholic Action for Faith and Family) Todos los derechos reservados Traducido al castellano por Teófilo de Jesús. |




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